Llevo algo más de año y medio siendo voluntaria del refugio Humane Society of Greater Miami. Durante ese tiempo, he sido partícipe de eventos dentro y fuera del refugio, he seguido personalmente varias adopciones fructíferas y otras tantas fallidas y hasta yo misma he adoptado un perro. Pero, sobre todo, durante este tiempo, me he encargado en el refugio de los perros más grandes. De los perros que pesan más de 60 kg y otros voluntarios no los sacan de paseo porque no pueden con ellos o les tienen miedo. He descubierto que, si me siento en el suelo de la habitación del perro con más cara de fiero y le rasco la tripa, las familias adoptantes que van pasando a través del cristal, en vez de acelerar el paso, se paran a mirar. Y, si me ven cómo estoy educando a un American Bulldog del tamaño de un oso polar y el perro ya sabe hacer "sit", es hasta probable que pidan conocerle.
En el refugio saben de mi "especialidad" y los coordinadores siempre me piden que me encargue de los más grandes. Han puesto carteles en algunas habitaciones donde pone "Cuidado, sólo voluntarios experimentados" y me han hecho saber que yo sí puedo entrar. Según entro por la puerta, me suelen comentar si hay algún perro grande nuevo que necesite urgentemente salir. A algunos hay que ponerles un arnés especial o sacarles por una determinada puerta. No hay problema. Yo me encargo.
Yo disfruto con esto.
Y hoy he disfrutado más todavía, porque -por primera vez- han confiado en mi para las "presentaciones". Los voluntarios no están autorizados a hacer esto. Se trata de presentar a dos perros para ver si son compatibles y pueden compartir habitación. Con los pequeños, esto es fácil. Pero, con los grandes, es arriesgado. Si se atacan, habrá que curarles las heridas que se hagan, y el refugio tendrá que correr con más gastos veterinarios. Por eso, se les presenta con cuidado. A la izquierda, el campeón de los pesos pesados Gran Danés cruzado con Pitbull. A la derecha, el formidable cruce de Labrador con genes de Bull Terrier. Cada uno con una correa, primero hay que dejar que se huelan. Si dan vueltas, tú das vueltas con ellos, porque no puedes perder el control de su correa y dejar que se enreden. Si se atacan, sucederá todo en un instante, hay que ser rápidos. Pero, afortunadamente, los perros dan muchas señales antes de morder: se ponen en tensión, se huelen mutuamente la cara, les cambia la expresión, levantan la cola y el cuello, se preparan. Sólo hay que ser observador para evitar un drama.
Hemos conseguido hacer varias parejas a través de esta técnica de "speed dating" canina y, recolocando a los perros, podemos dejar más habitaciones para otros perros que no toleran compañía.
Los perros, por naturaleza, son sociables con humanos y con otros perros. Pero, para reformular esta frase en "son sociables con TODOS los humanos y TODOS los otros perros" se necesita pasar por un proceso de socialización desde cachorros al que, por desgracia, casi ningún animal doméstico se somete en la vida real.
El cachorro, para empezar, debería estar con su madre y sus hermanos durante sus primeros meses de vida. Si quieres comprar un perro y te ofrecen dártelo con 4 semanas, desconfía de ese criador. Un cachorro no debería ser separado de su camada hasta las 8-10 semanas de vida, mínimo.
Ese cachorro, además, tendría que entrar en contacto en su primer año de vida con todo tipo de personas. De todas las edades y razas. Hay quien dice que su perro "es racista" porque ladra a los negros. Los perros no son racistas, simplemente ladran a lo desconocido. Mi perra Prechel ladró sin parar la primera vez que vio a una señora en silla de ruedas eléctrica. Su forma de moverse, deslizándose, la descolocó. Es normal. Simplemente, basta con mostrarles que no pasa nada.
Pero, volviendo al tema de las presentaciones entre perros, es importante darles la importancia que merecen. A pesar de que dos perros que se han peleado pueden terminar siendo amigos -los perros viven el momento, no guardan rencor como los humanos- es importante que nos aseguremos, a la hora de meter un perro nuevo en casa, que el perro "viejo" lo acepta y le cae bien. Hemos de asegurarnos de que comienzan su amistad con buen pie, sobre todo si hablamos de dos perros adultos.
Hay perros dominantes y perros sumisos, y todos ellos tienen una energía distinta. No siempre la combinación "macho y hembra" evita peleas. Hay hembras muy dominantes que no estarán conformes hasta que no quede claro quien manda en casa. No por ser de la misma raza, serán más afines. No por ser familia -a no ser que se hayan criado juntos varios años- serán íntimos según se vean. No hay una fórmula perfecta.
Te recomiendo que las presentaciones siempre las hagas en terreno neutral y con los perros lo más tranquilos posible por separado (después de una caminata, por ejemplo). No tenses la correa cuando se estén oliendo. Relájate, ellos perciben si la situación te estresa. Pasea con ellos juntos de la correa antes de meteros todos en casa. Supervisa siempre las comidas cerca el uno del otro y, sobre todo, observa quién es el jefe de quién.
No existe la democracia en el mundo animal. Si tienes varios perros, cada uno ocupará un cargo en el escalafón jerárquico. Es una jerarquía que deciden entre ellos. Se montarán, se intentarán dominar, parecerá que están jugando al "pressing catch". Tú, como dueño, lo único que puedes hacer es dejarles claro que, por encima de ellos, siempre estarás tú, así que -si el "pressing catch" se sube de tono- bastará con una voz tuya para separarlos. Es importante que tengas claro quién es tu perro más dominante y cuál el más sumiso y que no vayas a contracorriente de esta jerarquía.
En armonía, dos perros son significativamente mejor que uno. Serán un gran apoyo el uno para el otro. Se harán mucha compañía. Les permitirá ser "más perros" y "menos humanos". En el refugio, a los perros más sociables el tener un compañero de habitación les calma, les entretiene y les ayuda a no ponerse tan ansiosos.
Tan sólo hace falta encontrarles un compañero de juegos con el que sean afines. Cuyo nivel de energía sea similar. Y así, el Gran Danés cruzado con Pit Bull y el Labrador con genes de Bull Terrier terminarán durmiendo juntos la siesta. Y la gente, cuando vea cómo les estoy acariciando la tripa a dos manos, quizá se paren frente al cristal y, quién sabe, puede que les llegue su oportunidad.
Este blog tiene una doble función: por un lado, me gustaría que me sirviese a mi de aprendizaje. Por otro, trato de compartir algunos conocimientos relacionados con los perros para quien le pueda interesar.
No pretende ser una guía canina ni es rigurosamente científico, se trata de simplificar conceptos y transmitirlos de una forma amena para quien no esté familiarizado con este mundillo.
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lunes, 16 de noviembre de 2015
Speed dating... canino
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miércoles, 22 de julio de 2015
Truco y trato
El otro día, hablando con un compañero a quien ayudé a elegir qué perro adoptar hace mes y medio, me preguntó: "¿Y tu Pancho ya sabe hacer algún truco?". Cuando le enumeré las cosas que había ido enseñando a Pancho desde que lo adopté, hace poco más de medio año, él se quedó realmente sorprendido. Y yo también, la verdad, no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que nos ha cundido.
Porque, a lo tonto, resulta que Pancho ya sabe (más o menos decentemente) sentarse, tumbarse, dar la pata, la otra pata, sabe hacer la croqueta, sabe caminar al lado con y sin la correa, sabe esperar sentado antes de cruzar la calle, sabe quedarse quieto donde le diga hasta que vuelva, sabe venir cuando le llamo, sabe subir al sofá, sabe bajar del sofá, sabe irse a la cesta y tiene muy claro que ahí, en la cesta, es donde tiene que tumbarse cada vez que yo me pongo a comer, y no puede moverse hasta que yo no recojo mis platos.
Pancho no sabe todas esas cosas porque sea muy listo, ni porque yo sea especialmente buena educando perros. Tampoco ninguna de esas órdenes son fundamentales. Es decir, que Pancho podría vivir conmigo y ser un perro fantástico también sin saber ninguno de esos trucos. El perro que sabe dar la pata no es mejor que el que no lo sabe. Aparentemente, no vale de nada que tu perro sepa hacerse el muerto, o que le digas "¡Habla!" y suelte dos ladridos.
Porque la orden es lo de menos. Da igual lo que te propongas enseñarle a tu perro, lo que es realmente importante es el acto de enseñarle algo. Porque, verás, a los perros no hay cosa que más les guste que aprender a hacer cosas: siempre hay galletas, juguetes o caricias de por medio. Para tu perro, aprender significa jugar y, lo que es más importante, tener toda tu atención.
Para ti, también es muy útil porque, al enseñar cualquier cosa a tu perro, estás reforzando tu papel de líder. Podemos querer muchísimo a nuestros perros, podemos considerarlos nuestros hijos, pero un perro estable y feliz necesita un jefe para seguir siendo estable y feliz... Y ese jefe eres tú. Por tanto, que se note. Como jefe que eres, tú mandas y él obedece. Encantado, además.
Cinco o diez minutos al día bastan. Mientras juegas con él en casa, o durante el paseo. Escoge como recompensa aquello que más le guste: la pelota, un muñeco, galletas... y nunca dejes el ejercicio a medias, siempre ha de terminar bien. Los perros pueden ser muy cabezotas, quizá tengas que demostrar que tú lo eres más que ellos. Pero no desesperes, no olvides que el objetivo es divertirte y recuerda siempre que el refuerzo positivo es infinitamente más eficaz que cualquier tipo de castigo.
Ponte metas asequibles. Decide qué quieres enseñar a tu perro y ve de lo más fácil a lo más difícil. Si no sabes por dónde empezar a enseñarle algo, siempre puedes recurrir a los tutoriales de YouTube. No te impacientes, cada truco requiere su tiempo y, según cada perro, un número diferente de repeticiones. Y, muy importante, intenta aprovechar sus propias aptitudes e instintos más agudizados. Si ves que tu perro jamás salta, no intentes enseñarle que salte a la orden. Sin embargo, si tu perro da brincos cada vez que se entusiasma, será sencillo premiarle cuando lo haga y conseguir, así, que termine saltando cuando tú se lo ordenes.
Un perro que sabe trucos puede no ser mejor perro que el que no los sabe, pero el vínculo con su dueño será mucho más fuerte. Además, los trucos son la antesala de la obediencia, ya que una vez aprendido el primero, tu perro querrá aprender más. No importa la edad, la estimulación mental es siempre necesaria para que tu perro sea feliz. Y tú sonreirás cada vez que, con cara de máxima concentración, te dé la pata. O gire sobre sí mismo, o pase entre tus piernas, o te traiga el juguete y lo suelte en tu mano. Está en la naturaleza del perro querer complacer a su familia humana: lo único que necesitan saber es qué queremos que hagan.
Porque, a lo tonto, resulta que Pancho ya sabe (más o menos decentemente) sentarse, tumbarse, dar la pata, la otra pata, sabe hacer la croqueta, sabe caminar al lado con y sin la correa, sabe esperar sentado antes de cruzar la calle, sabe quedarse quieto donde le diga hasta que vuelva, sabe venir cuando le llamo, sabe subir al sofá, sabe bajar del sofá, sabe irse a la cesta y tiene muy claro que ahí, en la cesta, es donde tiene que tumbarse cada vez que yo me pongo a comer, y no puede moverse hasta que yo no recojo mis platos.
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| Pancho ayer, esperando a que vuelva |
Pancho no sabe todas esas cosas porque sea muy listo, ni porque yo sea especialmente buena educando perros. Tampoco ninguna de esas órdenes son fundamentales. Es decir, que Pancho podría vivir conmigo y ser un perro fantástico también sin saber ninguno de esos trucos. El perro que sabe dar la pata no es mejor que el que no lo sabe. Aparentemente, no vale de nada que tu perro sepa hacerse el muerto, o que le digas "¡Habla!" y suelte dos ladridos.
Porque la orden es lo de menos. Da igual lo que te propongas enseñarle a tu perro, lo que es realmente importante es el acto de enseñarle algo. Porque, verás, a los perros no hay cosa que más les guste que aprender a hacer cosas: siempre hay galletas, juguetes o caricias de por medio. Para tu perro, aprender significa jugar y, lo que es más importante, tener toda tu atención.
Para ti, también es muy útil porque, al enseñar cualquier cosa a tu perro, estás reforzando tu papel de líder. Podemos querer muchísimo a nuestros perros, podemos considerarlos nuestros hijos, pero un perro estable y feliz necesita un jefe para seguir siendo estable y feliz... Y ese jefe eres tú. Por tanto, que se note. Como jefe que eres, tú mandas y él obedece. Encantado, además.
Cinco o diez minutos al día bastan. Mientras juegas con él en casa, o durante el paseo. Escoge como recompensa aquello que más le guste: la pelota, un muñeco, galletas... y nunca dejes el ejercicio a medias, siempre ha de terminar bien. Los perros pueden ser muy cabezotas, quizá tengas que demostrar que tú lo eres más que ellos. Pero no desesperes, no olvides que el objetivo es divertirte y recuerda siempre que el refuerzo positivo es infinitamente más eficaz que cualquier tipo de castigo.
Ponte metas asequibles. Decide qué quieres enseñar a tu perro y ve de lo más fácil a lo más difícil. Si no sabes por dónde empezar a enseñarle algo, siempre puedes recurrir a los tutoriales de YouTube. No te impacientes, cada truco requiere su tiempo y, según cada perro, un número diferente de repeticiones. Y, muy importante, intenta aprovechar sus propias aptitudes e instintos más agudizados. Si ves que tu perro jamás salta, no intentes enseñarle que salte a la orden. Sin embargo, si tu perro da brincos cada vez que se entusiasma, será sencillo premiarle cuando lo haga y conseguir, así, que termine saltando cuando tú se lo ordenes.
Un perro que sabe trucos puede no ser mejor perro que el que no los sabe, pero el vínculo con su dueño será mucho más fuerte. Además, los trucos son la antesala de la obediencia, ya que una vez aprendido el primero, tu perro querrá aprender más. No importa la edad, la estimulación mental es siempre necesaria para que tu perro sea feliz. Y tú sonreirás cada vez que, con cara de máxima concentración, te dé la pata. O gire sobre sí mismo, o pase entre tus piernas, o te traiga el juguete y lo suelte en tu mano. Está en la naturaleza del perro querer complacer a su familia humana: lo único que necesitan saber es qué queremos que hagan.
domingo, 22 de febrero de 2015
Quién conoce a quién
La semana pasada se publicó, por primera vez, un estudio desde la Universidad de Veterinaria de Viena, Austria, donde se demostraba que los perros pueden identificar las expresiones faciales de los humanos y asociarlas a estados de ánimo.
Sé que todos los que tengáis perro pensaréis que esto no es nada nuevo, nuestro perros saben de sobra si estamos felices, tristes, tranquilos o estresados. Sin embargo, creo que -como dueños de perros- muchas veces no somos conscientes de toda la información que tienen nuestros perros sobre nosotros a través de nuestro lenguaje no verbal.
Los perros son grandes observadores y nos conocen mejor que nosotros mismos. Pueden percibir si hemos tenido un buen o mal día en función al ruido que hagamos al dejar las llaves en la entrada. Para ellos son evidentes algunas cosas que a nosotros se nos pasan por alto, como la brusquedad en nuestros movimientos, el tono de nuestra voz, un tic nervioso, o nuestra frecuencia cardíaca.
Recuerdo que Carlota, la madre de mis perras, movía el rabo con entusiasmo cada vez que su dueño sonreía. Era increíble, nunca he vuelto a ver nada igual. Ella, como los perros de este estudio, sabía que el hecho de que su dueño mostrase sus dientes era algo positivo que solía conllevar una caricia, o un paseo, o una galleta.
Por la misma regla de tres, los perros identifican al instante cuándo no estamos contentos. Por eso, el cachorro que está aprendiendo a quedarse solo en casa echa las orejas para atrás y adopta una posición sumisa, que nosotros llamamos "cara de culpabilidad" cuando entramos por la puerta y vemos que se ha comido su cesta, o se ha hecho caca en el pasillo, o ha mordido el sofá... o todo a la vez. No es que ellos "sepan". O, mejor dicho, no saben exactamente lo que nosotros creemos. Ellos no saben el motivo de nuestro enfado pero, según nos ven, son perfectamente conscientes de que estamos enfadados. Si, además, algún día hemos puesto esa cara y les hemos regañado o gritado, o repetido aquello de "¿¿¿quién ha hecho esto???", ellos temen que volvamos a reaccionar así y de ahí que su respuesta sea la más sumisa posible.
Algunos gestos de sumisión habituales en los perros son las orejas orientadas hacia atrás o incluso pegadas a la cabeza, la cola baja o entre las patas, la cabeza agachada, los ojos entreabiertos o cerrados... Desvían la mirada e intentan hacerse lo más pequeños posible. Pero no, no es porque se sientan culpables... lo que sienten es puro miedo.
"Denver, the guilty dog" fue, hace un par de años, todo un fenómeno en YouTube, con más de cuarenta millones de visitas. En el vídeo (podéis verlo aquí) se ve cómo el dueño de Denver y Macy encuentra una bolsita de galletas de gato mordisqueada y busca al culpable. Primero le enseña la bolsita a Macy, una Golden Retriever entrada en años que no parece inmutarse con la acusación. Sin embargo, en el momento en el que la cámara enfoca a Denver, un Labrador mucho más joven, se "percibe" su culpabilidad. ¿Por qué? porque Denver está en un rincón, encogido, moviendo tímidamente el rabo y con cara de cordero degollado. Y, cuantas más veces su dueño le pregunta si fue él quien lo hizo, más dramática es su expresión.
No dudo de la culpabilidad de Denver (yo también he tenido Labradores y no tienen fondo... ¡por supuesto que se lo comió él!), pero Denver no reacciona así por saberse culpable. Reacciona así porque identifica la frase que le está diciendo su dueño, su tono de voz y su lenguaje no verbal como preámbulo de un castigo posterior. Y el perro se estresa tanto que llega a enseñar los dientes, cosa que a mi me preocuparía porque, en los perros, el miedo -llevado a un extremo- es el principal detonante de una agresión.
Aclaro una cosa: no es que crea que el dueño de Denver maltrate a su perro. O, al menos, no de una forma consciente. Denver en este video pasa un mal rato porque se siente amenazado por su dueño sin saber por qué, pero los seres humanos siempre nos creemos el centro del universo y pensamos que nuestras reacciones son aplicables a todas las especies. Pero no, en este caso, tu perro y tú no estáis exactamente igual de programados. Así que, si ves que te la ha liado durante tu ausencia y no le has pillado "con las manos en la masa", ahórrate el drama, simplemente recoge el desastre e ignórale mientras tanto.
Humanizar a tu perro no es sólo meterle en tu cama o ponerle un anorak los días de frío... humanizarle es dar por hecho que responde física y emocionalmente igual que un ser humano. Es pensar que disfruta, como tú, cuando le dan un abrazo. Es dar por sentado que te echa de menos si faltas. Es estar convencido de que le gusta una canción porque "canta" (aúlla) cuando ésta suena. Es pensar que tiene remordimientos o que siente rencor... Pues bien, tengo malas y buenas noticias al respecto: la mala es que no, la inteligencia de tu perro no es tan avanzada y para todas esas reacciones que tú consideras "humanas", hay una explicación mucho más primitiva, mucho más simple. La buena noticia es que tu perro no será tan listo como una persona, pero -en su sencillez- es mil veces "mejor persona" que tú.
Sé que todos los que tengáis perro pensaréis que esto no es nada nuevo, nuestro perros saben de sobra si estamos felices, tristes, tranquilos o estresados. Sin embargo, creo que -como dueños de perros- muchas veces no somos conscientes de toda la información que tienen nuestros perros sobre nosotros a través de nuestro lenguaje no verbal.
Los perros son grandes observadores y nos conocen mejor que nosotros mismos. Pueden percibir si hemos tenido un buen o mal día en función al ruido que hagamos al dejar las llaves en la entrada. Para ellos son evidentes algunas cosas que a nosotros se nos pasan por alto, como la brusquedad en nuestros movimientos, el tono de nuestra voz, un tic nervioso, o nuestra frecuencia cardíaca.
Recuerdo que Carlota, la madre de mis perras, movía el rabo con entusiasmo cada vez que su dueño sonreía. Era increíble, nunca he vuelto a ver nada igual. Ella, como los perros de este estudio, sabía que el hecho de que su dueño mostrase sus dientes era algo positivo que solía conllevar una caricia, o un paseo, o una galleta.
Por la misma regla de tres, los perros identifican al instante cuándo no estamos contentos. Por eso, el cachorro que está aprendiendo a quedarse solo en casa echa las orejas para atrás y adopta una posición sumisa, que nosotros llamamos "cara de culpabilidad" cuando entramos por la puerta y vemos que se ha comido su cesta, o se ha hecho caca en el pasillo, o ha mordido el sofá... o todo a la vez. No es que ellos "sepan". O, mejor dicho, no saben exactamente lo que nosotros creemos. Ellos no saben el motivo de nuestro enfado pero, según nos ven, son perfectamente conscientes de que estamos enfadados. Si, además, algún día hemos puesto esa cara y les hemos regañado o gritado, o repetido aquello de "¿¿¿quién ha hecho esto???", ellos temen que volvamos a reaccionar así y de ahí que su respuesta sea la más sumisa posible.
Algunos gestos de sumisión habituales en los perros son las orejas orientadas hacia atrás o incluso pegadas a la cabeza, la cola baja o entre las patas, la cabeza agachada, los ojos entreabiertos o cerrados... Desvían la mirada e intentan hacerse lo más pequeños posible. Pero no, no es porque se sientan culpables... lo que sienten es puro miedo.
"Denver, the guilty dog" fue, hace un par de años, todo un fenómeno en YouTube, con más de cuarenta millones de visitas. En el vídeo (podéis verlo aquí) se ve cómo el dueño de Denver y Macy encuentra una bolsita de galletas de gato mordisqueada y busca al culpable. Primero le enseña la bolsita a Macy, una Golden Retriever entrada en años que no parece inmutarse con la acusación. Sin embargo, en el momento en el que la cámara enfoca a Denver, un Labrador mucho más joven, se "percibe" su culpabilidad. ¿Por qué? porque Denver está en un rincón, encogido, moviendo tímidamente el rabo y con cara de cordero degollado. Y, cuantas más veces su dueño le pregunta si fue él quien lo hizo, más dramática es su expresión.
No dudo de la culpabilidad de Denver (yo también he tenido Labradores y no tienen fondo... ¡por supuesto que se lo comió él!), pero Denver no reacciona así por saberse culpable. Reacciona así porque identifica la frase que le está diciendo su dueño, su tono de voz y su lenguaje no verbal como preámbulo de un castigo posterior. Y el perro se estresa tanto que llega a enseñar los dientes, cosa que a mi me preocuparía porque, en los perros, el miedo -llevado a un extremo- es el principal detonante de una agresión.
Aclaro una cosa: no es que crea que el dueño de Denver maltrate a su perro. O, al menos, no de una forma consciente. Denver en este video pasa un mal rato porque se siente amenazado por su dueño sin saber por qué, pero los seres humanos siempre nos creemos el centro del universo y pensamos que nuestras reacciones son aplicables a todas las especies. Pero no, en este caso, tu perro y tú no estáis exactamente igual de programados. Así que, si ves que te la ha liado durante tu ausencia y no le has pillado "con las manos en la masa", ahórrate el drama, simplemente recoge el desastre e ignórale mientras tanto.
Humanizar a tu perro no es sólo meterle en tu cama o ponerle un anorak los días de frío... humanizarle es dar por hecho que responde física y emocionalmente igual que un ser humano. Es pensar que disfruta, como tú, cuando le dan un abrazo. Es dar por sentado que te echa de menos si faltas. Es estar convencido de que le gusta una canción porque "canta" (aúlla) cuando ésta suena. Es pensar que tiene remordimientos o que siente rencor... Pues bien, tengo malas y buenas noticias al respecto: la mala es que no, la inteligencia de tu perro no es tan avanzada y para todas esas reacciones que tú consideras "humanas", hay una explicación mucho más primitiva, mucho más simple. La buena noticia es que tu perro no será tan listo como una persona, pero -en su sencillez- es mil veces "mejor persona" que tú.
domingo, 27 de julio de 2014
No hay huevos
Dentro de la Humane Society of Greater Miami, hay un centro veterinario. Sus servicios se dividen en dos áreas: la parte dedicada a los perros que, posteriormente, serán adoptados y, por otra parte, existen unos servicios de bajo coste para las familias que ya tienen un perro y quieren gastar lo menos posible en el veterinario.
Cada vez que entra un perro o un gato nuevo en el refugio, pasa por el hospital. Se le examina, pasa por un periodo de cuarentena para evitar que contagie enfermedades al recinto donde están el resto de perros "adoptables" y, lo más importante de todo, se le castra o esteriliza. Hasta aquí, todo normal: la mayoría de los refugios y protectoras en España, a día de hoy, también hacen esto mismo.
La diferencia está en los particulares. Quiero decir, en la cantidad de particulares que llevan a sus perros y gatos a someterse a la cirugía necesaria para no poder criar con ellos. En la Humane Society, los precios son imbatibles: cobran unos 30 dólares por cada esterilización / castración de perro y tan sólo 15 dólares en el caso de los gatos.
Creo recordar que yo pagué unos 200 ó 300 euros por cada una de las esterilizaciones de mis perras (que es, aproximadamente, lo mismo que te cuesta aquí en una clínica privada), y entiendo que el coste de esta cirugía pueda suponer un freno para aquellos dueños que no estén 100% convencidos. De ahí que existan este tipo de campañas: evitando la excusa del alto coste, consigues que más dueños se animen a esterilizar a sus mascotas.
De esta manera, en una misma mañana se pueden operar a más de 50 perros y gatos en la Humane Society, contando con tan sólo 2 veterinarios.
Porque, aquí, la gente está mucho más concienciada de que la esterilización es la mejor opción. Según llevas a un cachorro por primera vez a la consulta del veterinario, ya te van informando de lo que te costará operarle, independientemente de que sea macho o hembra. Si no eres criador profesional, es la opción más responsable, evitando que tu perro genere más cachorros que puedan ser abandonados o, lo que es lo mismo, vendidos o regalados a familias que terminarán queriendo deshacerse de ellos en algún momento futuro.
No me sorprende que, en España, la esterilización de las perras esté ampliamente más aceptada que la castración de los machos. Aún quedan muchos pensamientos retrógrados de dueños que se resisten a castrar a sus machos porque "les amariconas" o "no se pueden realizar en la vida" o "son menos machos". No, los perros no se van a sentir más realizados cruzándose una vez en la vida: son animales y su necesidad de aparearse responde exclusivamente a su testosterona. Castrando a tu perro macho, evitas que se escape, evitas que marque compulsivamente territorio, que aúlle o sufra por no poder seguir el rastro de una hembra en celo… Evitas también -en muchos casos- peleas en el parque con otros machos, y puedes incluso evitar algunos casos de cáncer en el futuro.
Las hembras nos lo ponen más fácil a los humanos ya que, esterilizándolas, evitas el incómodo celo que todas las razas (salvo el Basenji) tienen dos veces al año, con sus correspondientes inconvenientes para sus dueños: no puedes sacarlas al parque porque todos tus vecinos perros se vuelven locos, manchan y pueden estar irascibles. Además, muchas hembras "adoptan" juguetes después del celo, creando en su mente una preñez psicológica por la que pueden caer en una profunda tristeza y producir incluso leche en sus mamas. Esterilizando a tu perra antes de que esto ocurra evitas, en gran medida, el cáncer de mama, que es el tipo de cáncer más común en perros.
En el caso de los machos, no está tan claro que la castración evite tantas enfermedades y, encima, no tienen ese celo que suponga una molestia a sus humanos. Pero es una cirugía muy sencilla que rara vez supone complicaciones: ganan las ventajas respecto a los inconvenientes. Y, sobre todo, aquí se hace habitualmente por pura responsabilidad, sin pensárselo tanto, sin "sufrir" -como en España- por el devenir de los testículos de tu perro como si fueran los tuyos propios.
No por tener un perro macho muy bonito de pura raza es buena idea cruzarlo. Insisto, como siempre: dejemos la crianza a los profesionales. A aquellos que estudian las líneas genéticas y valoran si es conveniente, o no, reproducir a un determinado macho con una determinada hembra. A aquellos que pretenden mejorar la raza y no, simplemente, generar más cachorros "para quedarse con uno" o "para vivir la experiencia" o "para regalárselo a mi prima". Y, si no vas a criar con él, asegúrate de que tu perro no vaya a escapar siguiendo el rastro de una hembra en celo y la liemos. No por castrar a tu perro eres mala persona. Al contrario, puede que -sin saberlo- aportes tu granito de arena a la eterna lucha contra la superpoblación y abandono de animales. Pero, para eso, hay que asumir que, castrando a tu macho, no vas a provocar en él ningún problema de identidad sexual, ni va a ser menos macho por ello. Y, en muchos casos, son los dueños los que no tienen huevos.
Cada vez que entra un perro o un gato nuevo en el refugio, pasa por el hospital. Se le examina, pasa por un periodo de cuarentena para evitar que contagie enfermedades al recinto donde están el resto de perros "adoptables" y, lo más importante de todo, se le castra o esteriliza. Hasta aquí, todo normal: la mayoría de los refugios y protectoras en España, a día de hoy, también hacen esto mismo.
La diferencia está en los particulares. Quiero decir, en la cantidad de particulares que llevan a sus perros y gatos a someterse a la cirugía necesaria para no poder criar con ellos. En la Humane Society, los precios son imbatibles: cobran unos 30 dólares por cada esterilización / castración de perro y tan sólo 15 dólares en el caso de los gatos.
Creo recordar que yo pagué unos 200 ó 300 euros por cada una de las esterilizaciones de mis perras (que es, aproximadamente, lo mismo que te cuesta aquí en una clínica privada), y entiendo que el coste de esta cirugía pueda suponer un freno para aquellos dueños que no estén 100% convencidos. De ahí que existan este tipo de campañas: evitando la excusa del alto coste, consigues que más dueños se animen a esterilizar a sus mascotas.
De esta manera, en una misma mañana se pueden operar a más de 50 perros y gatos en la Humane Society, contando con tan sólo 2 veterinarios.
Porque, aquí, la gente está mucho más concienciada de que la esterilización es la mejor opción. Según llevas a un cachorro por primera vez a la consulta del veterinario, ya te van informando de lo que te costará operarle, independientemente de que sea macho o hembra. Si no eres criador profesional, es la opción más responsable, evitando que tu perro genere más cachorros que puedan ser abandonados o, lo que es lo mismo, vendidos o regalados a familias que terminarán queriendo deshacerse de ellos en algún momento futuro.
No me sorprende que, en España, la esterilización de las perras esté ampliamente más aceptada que la castración de los machos. Aún quedan muchos pensamientos retrógrados de dueños que se resisten a castrar a sus machos porque "les amariconas" o "no se pueden realizar en la vida" o "son menos machos". No, los perros no se van a sentir más realizados cruzándose una vez en la vida: son animales y su necesidad de aparearse responde exclusivamente a su testosterona. Castrando a tu perro macho, evitas que se escape, evitas que marque compulsivamente territorio, que aúlle o sufra por no poder seguir el rastro de una hembra en celo… Evitas también -en muchos casos- peleas en el parque con otros machos, y puedes incluso evitar algunos casos de cáncer en el futuro.
Las hembras nos lo ponen más fácil a los humanos ya que, esterilizándolas, evitas el incómodo celo que todas las razas (salvo el Basenji) tienen dos veces al año, con sus correspondientes inconvenientes para sus dueños: no puedes sacarlas al parque porque todos tus vecinos perros se vuelven locos, manchan y pueden estar irascibles. Además, muchas hembras "adoptan" juguetes después del celo, creando en su mente una preñez psicológica por la que pueden caer en una profunda tristeza y producir incluso leche en sus mamas. Esterilizando a tu perra antes de que esto ocurra evitas, en gran medida, el cáncer de mama, que es el tipo de cáncer más común en perros.
En el caso de los machos, no está tan claro que la castración evite tantas enfermedades y, encima, no tienen ese celo que suponga una molestia a sus humanos. Pero es una cirugía muy sencilla que rara vez supone complicaciones: ganan las ventajas respecto a los inconvenientes. Y, sobre todo, aquí se hace habitualmente por pura responsabilidad, sin pensárselo tanto, sin "sufrir" -como en España- por el devenir de los testículos de tu perro como si fueran los tuyos propios.
No por tener un perro macho muy bonito de pura raza es buena idea cruzarlo. Insisto, como siempre: dejemos la crianza a los profesionales. A aquellos que estudian las líneas genéticas y valoran si es conveniente, o no, reproducir a un determinado macho con una determinada hembra. A aquellos que pretenden mejorar la raza y no, simplemente, generar más cachorros "para quedarse con uno" o "para vivir la experiencia" o "para regalárselo a mi prima". Y, si no vas a criar con él, asegúrate de que tu perro no vaya a escapar siguiendo el rastro de una hembra en celo y la liemos. No por castrar a tu perro eres mala persona. Al contrario, puede que -sin saberlo- aportes tu granito de arena a la eterna lucha contra la superpoblación y abandono de animales. Pero, para eso, hay que asumir que, castrando a tu macho, no vas a provocar en él ningún problema de identidad sexual, ni va a ser menos macho por ello. Y, en muchos casos, son los dueños los que no tienen huevos.
miércoles, 29 de enero de 2014
Nostalgia canina
Una de las (escasas) desventajas de haberme ido del país es haberme visto obligada a, espero que de forma temporal, separarme de mi familia... y de mis perras. El simple hecho de acordarme de ellas, me provoca una tristeza mortal e, incluso sabiendo que están perfectamente cuidadas y recibiendo noticias de ellas a todas horas, tengo la certeza de que mi vida ahora -por primera vez sin un perro a mi lado en 20 años- es, en ese sentido, infinitamente peor de lo que era antes.
Echo de menos abrazarlas, jugar con ellas, darles su medicación, cuidarlas, limpiarles las orejas, meterlas en la bañera, darles de comer, salir juntas de paseo, dormir la siesta en el mismo sofá.... Sin embargo, no es una nostalgia correspondida: mis perras no dan muestra alguna de estar echándome de menos. Ni siquiera Prechel, que es mi niña bonita. Las únicas demostraciones de depresión canina que podría identificar en ella -la inapetencia y la necesidad de más horas de sueño- son también síntomas de su vejez (hoy ha cumplido 12 años), por lo que no podría asegurar que yo tenga algo que ver con eso. Además, la bienvenida que me dieron cuando me reencontré con ellas después de una primera ausencia de dos meses, fue la misma que la que me darían si no me hubiesen visto en un breve fin de semana.
Pero, ¿por qué hay perros que sufren la ausencia de sus dueños y a otros les da exactamente igual? He estado intentando averiguar la respuesta leyendo sobre el tema pero no he conseguido sacar ninguna conclusión científica. Para empezar, los expertos ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la percepción del tiempo que tienen los perros, aunque me quedo con la teoría de Rehn y Kiling que, en 2011, llegaron a la conclusión de que, después de 2 horas, los perros recibían a sus dueños con mayor intensidad que cuando sólo se ausentaban media hora. Y, sin embargo, no apreciaron ninguna diferencia entre el saludo que un perro hacía tras estar 2 horas y 4 horas solo. Es decir, puede que los perros sientan la diferencia entre estar solos 30 minutos y 2 horas pero, después de 2 horas, su percepción del tiempo no está clara en absoluto.
Aún así, esta teoría no me convence. Estoy harta de ver en YouTube videos de perros que saltan, aúllan y se comen a besos a sus dueños recién llegados de Afganistán, así que he sacado mis propias conclusiones.
Desde mi punto de vista, cuanto más territorial y protector es un perro, más te echará de menos. Y, por el contrario, los perros con mentalidad más flexible y más amigables con extraños, se adaptarán rápidamente a su vida sin ti sin mayor complicación.
Mi anterior perro, Mino, cruce de perro de caza extremadamente celoso de todo lo que era suyo, nos "contaba" cada noche y, si faltábamos alguno, se tumbaba en la puerta, bien alerta, a esperar tu llegada. Estoy segura de que si Mino viviese, ahora mismo estaría sufriendo amargamente mi ausencia. Sin embargo, mis perras -Labradores- se adaptan con total facilidad a su vida en el lugar que sea y con quien sea. Si están con sus dueños, bien. Si no, también bien.
En YouTube, los perros que mejores recibimientos hacen son de tipo Terrier, o Molosos, o Collies, razas que suelen estar muy apegadas a sus dueños. Pero esto no se cumple en todos los casos... supongo que no dependerá tanto de la raza como de la propia personalidad de cada perro. Y, por supuesto, también estoy segura de que depende en gran parte del comportamiento de su dueño: a mayor excitación de los humanos que le rodean, mayor ansiedad en el animal.
Echo de menos abrazarlas, jugar con ellas, darles su medicación, cuidarlas, limpiarles las orejas, meterlas en la bañera, darles de comer, salir juntas de paseo, dormir la siesta en el mismo sofá.... Sin embargo, no es una nostalgia correspondida: mis perras no dan muestra alguna de estar echándome de menos. Ni siquiera Prechel, que es mi niña bonita. Las únicas demostraciones de depresión canina que podría identificar en ella -la inapetencia y la necesidad de más horas de sueño- son también síntomas de su vejez (hoy ha cumplido 12 años), por lo que no podría asegurar que yo tenga algo que ver con eso. Además, la bienvenida que me dieron cuando me reencontré con ellas después de una primera ausencia de dos meses, fue la misma que la que me darían si no me hubiesen visto en un breve fin de semana.
Pero, ¿por qué hay perros que sufren la ausencia de sus dueños y a otros les da exactamente igual? He estado intentando averiguar la respuesta leyendo sobre el tema pero no he conseguido sacar ninguna conclusión científica. Para empezar, los expertos ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la percepción del tiempo que tienen los perros, aunque me quedo con la teoría de Rehn y Kiling que, en 2011, llegaron a la conclusión de que, después de 2 horas, los perros recibían a sus dueños con mayor intensidad que cuando sólo se ausentaban media hora. Y, sin embargo, no apreciaron ninguna diferencia entre el saludo que un perro hacía tras estar 2 horas y 4 horas solo. Es decir, puede que los perros sientan la diferencia entre estar solos 30 minutos y 2 horas pero, después de 2 horas, su percepción del tiempo no está clara en absoluto.
Aún así, esta teoría no me convence. Estoy harta de ver en YouTube videos de perros que saltan, aúllan y se comen a besos a sus dueños recién llegados de Afganistán, así que he sacado mis propias conclusiones.
Desde mi punto de vista, cuanto más territorial y protector es un perro, más te echará de menos. Y, por el contrario, los perros con mentalidad más flexible y más amigables con extraños, se adaptarán rápidamente a su vida sin ti sin mayor complicación.
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| Remix de reencuentros en YouTube |
En YouTube, los perros que mejores recibimientos hacen son de tipo Terrier, o Molosos, o Collies, razas que suelen estar muy apegadas a sus dueños. Pero esto no se cumple en todos los casos... supongo que no dependerá tanto de la raza como de la propia personalidad de cada perro. Y, por supuesto, también estoy segura de que depende en gran parte del comportamiento de su dueño: a mayor excitación de los humanos que le rodean, mayor ansiedad en el animal.
Pero cada caso es un mundo, y definitivamente hay perros que están más apegados a sus dueños que otros. Algunos sufren ansiedad por separación cada vez que su amo sale por la puerta, y otros esperan, sin ningún estrés, a que vuelva. Y, a mayor apego, mayor sufrimiento por parte del perro, así que, definitivamente, me consuela muchísimo el hecho de que mis perras no me echen de menos al mismo nivel que yo a ellas.
| Prechel y yo, verano 2013 |
sábado, 7 de septiembre de 2013
Lo inexplicable
Antes de que suene el despertador, noto que Berta me mira fijamente, sentada al lado de la cama. Con las orejillas alerta, parece que lleva ahí siglos, tratando de despertarme telepáticamente. En cuanto abro un ojo, o aunque no lo haga, ella sabe que ya no duermo y empieza a mover el rabo, esperanzada, porque ya queda menos para desayunar. Ella desayuna a las 7, come a las 14 y cena a las 21 y te lo hace saber con tal exactitud que nos preguntamos si llevará reloj de pulsera.
Si estoy triste, Prechel no se despega de mi pierna. Creo que pretende que crea que, casualmente, le apetece estar ahí, bien pegadita a mi. Por si me hace falta un abrazo. Ella es especialista en eso, simplemente se queda quieta, sentada entre mis piernas, y se deja abrazar. Es un encanto y lo hace con todo el mundo: según entras por la puerta, ella evalúa si te hace falta su compañía y a qué nivel. Habría sido una perra de terapia fantástica.
Mino, que era más listo que el hambre, se tenía aprendido el camino que hacíamos todos los fines de semana para ir al campo. Vigilaba durante todo el trayecto que íbamos bien. Si salíamos de la carretera habitual, se ponía a ladrar y gimotear como un loco. Si volvíamos al camino, se callaba.
Carlota movía el rabo siempre que su dueño sonreía. Siempre, siempre, aunque no la estuviese hablando a ella ni haciendo caso, ni hablando de nada relacionado con ella. Pero si, en el transcurso de una conversación con cualquier interlocutor, él sonreía, ella también, a su manera.
Trufa aprendió a diferenciar los días laborables de los festivos y, mientras que, de lunes a viernes, se quedaba tranquilamente sola en casa sin protestar, no consentía que la dejasen sola mucho rato durante el fin de semana.
A Banda, sus dueños la dejaron en casa de unos familiares en Sevilla, desde donde pronto se escapó. A los pocos meses, apareció de nuevo en su casa de Madrid... nadie se explica cómo pudo hacerlo.
Sabemos que los perros tienen instintos pero, a veces, siguen sorprendiéndonos con actitudes o gestos inexplicables. O yo al menos, no consigo comprender cómo saben qué hora o qué día es, cómo perciben nuestros sentimientos ni cómo son más fiables en los caminos que un GPS. Por muchos miles de años que hayan permanecido a nuestro lado, siguen siendo una caja de sorpresas para el ser humano.
Se sigue investigando y avanzando en técnicas de detección de cáncer con perros. Según la revista médica British Medical Journal, los perros son capaces de oler el cáncer, aunque la enfermedad aún esté en su fase inicial. Ellos lo perciben, al igual que pueden adelantarse y avisar a su dueño de que va a sufrir un ataque epiléptico. También pueden notar cuándo va a ocurrir una catástrofe natural con antelación, como los pájaros y otros animales, lo cual puede salvar muchas vidas.
A pequeña escala, yo sigo sumando ejemplos de esa inteligencia canina que va más allá. Pequeños detalles que, a veces, te hacen pensar que ellos saben muchas más cosas que nosotros. O, al menos, que saben muchas más cosas de las que nosotros creemos.
Si estoy triste, Prechel no se despega de mi pierna. Creo que pretende que crea que, casualmente, le apetece estar ahí, bien pegadita a mi. Por si me hace falta un abrazo. Ella es especialista en eso, simplemente se queda quieta, sentada entre mis piernas, y se deja abrazar. Es un encanto y lo hace con todo el mundo: según entras por la puerta, ella evalúa si te hace falta su compañía y a qué nivel. Habría sido una perra de terapia fantástica.
Mino, que era más listo que el hambre, se tenía aprendido el camino que hacíamos todos los fines de semana para ir al campo. Vigilaba durante todo el trayecto que íbamos bien. Si salíamos de la carretera habitual, se ponía a ladrar y gimotear como un loco. Si volvíamos al camino, se callaba.
Carlota movía el rabo siempre que su dueño sonreía. Siempre, siempre, aunque no la estuviese hablando a ella ni haciendo caso, ni hablando de nada relacionado con ella. Pero si, en el transcurso de una conversación con cualquier interlocutor, él sonreía, ella también, a su manera.
Trufa aprendió a diferenciar los días laborables de los festivos y, mientras que, de lunes a viernes, se quedaba tranquilamente sola en casa sin protestar, no consentía que la dejasen sola mucho rato durante el fin de semana.
A Banda, sus dueños la dejaron en casa de unos familiares en Sevilla, desde donde pronto se escapó. A los pocos meses, apareció de nuevo en su casa de Madrid... nadie se explica cómo pudo hacerlo.
Sabemos que los perros tienen instintos pero, a veces, siguen sorprendiéndonos con actitudes o gestos inexplicables. O yo al menos, no consigo comprender cómo saben qué hora o qué día es, cómo perciben nuestros sentimientos ni cómo son más fiables en los caminos que un GPS. Por muchos miles de años que hayan permanecido a nuestro lado, siguen siendo una caja de sorpresas para el ser humano.
Se sigue investigando y avanzando en técnicas de detección de cáncer con perros. Según la revista médica British Medical Journal, los perros son capaces de oler el cáncer, aunque la enfermedad aún esté en su fase inicial. Ellos lo perciben, al igual que pueden adelantarse y avisar a su dueño de que va a sufrir un ataque epiléptico. También pueden notar cuándo va a ocurrir una catástrofe natural con antelación, como los pájaros y otros animales, lo cual puede salvar muchas vidas.
A pequeña escala, yo sigo sumando ejemplos de esa inteligencia canina que va más allá. Pequeños detalles que, a veces, te hacen pensar que ellos saben muchas más cosas que nosotros. O, al menos, que saben muchas más cosas de las que nosotros creemos.
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| Fotografía de EFICAN, terapia con perros |
viernes, 2 de agosto de 2013
El amor, en datos
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| Infografía Observatorio Fundación Affinity |
Desde 1987, la Fundación Affinity es una asociación sin ánimo de lucro cuya misión es promover el papel de los animales domésticos en nuestra sociedad.
Ha realizado, a lo largo de su historia, importantes campañas en favor del bienestar animal, la adopción y la condena al abandono. Seguro que recordáis la campaña de "Él nunca lo haría"... Pues bien, el Observatorio de esta Fundación ha realizado un estudio sobre el vínculo emocional que une al ser humano con sus animales de compañía. Por qué tenemos mascotas, qué nos dan para hacer que las queramos tanto y qué cambios suponen en nuestras vidas.
El estudio revela que.... no, no os daré más detalles. Creo que lo mejor es que veáis el video por vosotros mismos porque son sólo 2 minutos y es francamente bueno. Sacad los clínex, quizá os hagan falta. La canción es "Live and be free", de Tim McMorris.
http://vimeo.com/69742750
Me identifico totalmente con ese 85% que no puede vivir sin abrazar cada día a su perro. Y con el 80% que afirma que ellos son un motivo más para levantarse cada mañana.
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| Prechel y yo, hace 10 años |
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